Ano Jubilar de São João da Cruz
Armindo Vaz, OCD
Já admirámos como S. João da Cruz, com ligeiras modificações, convertia um poema de amor humano numa elevação para o divino. O melhor é sentir na oficina o pulsar do poeta, que, entre tantas, trabalhou uma poesia pastoril, legada pela tradição popular anónima. Um manuscrito da Biblioteca Nacional de Paris conserva uma cópia:
«Un pastorcillo solo está penado,
ajeno [alheio] de placer y de contento,
y en su pastora firme el pensamiento
y el pecho del amor muy lastimado.
No llora por pensar que está olvidado,
que ningún miedo tiene del olvido,
mas porque el corazón tiene rendido
y el pecho del amor muy lastimado.
Mas dice el pastorcillo: – Desdichado!,
qué haré cuando venga el mal de ausencia,
pues tengo el corazón en la presencia
y el pecho del amor muy lastimado?
Imagínase ya estar apartado
de su bella pastora en tierra ajena,
y quédase tendido en el arena,
y el pecho del amor muy lastimado.»
El pastorcico, de João da Cruz, íntegro:
«Un pastorcico solo está penado,
ajeno de placer y de contento,
y en su pastora puesto el pensamiento,
y el pecho del amor muy lastimado.
No llora por haberle amor llagado,
que no le pena verse así afligido,
aunque en el corazón está herido;
mas llora por pensar que está olvidado.
Que solo de pensar que está olvidado
de su bella pastora, con gran pena
se deja maltratar en tierra ajena,
el pecho del amor muy lastimado.
Y dice el pastorcico: Ay, desdichado
de aquel que de mi amor ha hecho ausencia,
y no quiere gozar la mi presencia,
y el pecho por su amor muy lastimado!
Y a cabo de un gran rato [longo tempo] se ha encumbrado [elevado]
sobre un árbol do [onde] abrió sus brazos bellos,
y muerto se ha quedado, asido [suspenso] de ellos,
el pecho del amor muy lastimado.»
O paralelismo salta à vista. João da Cruz só mudou algumas palavras do poema inicial. Mas ajuntou a última estrofe, que carrega de sentido divino todo o poema, ao ser relido do início (da capo), levando a ler em clave de amor a Encarnação («em terra alheia»), a vida e a morte de Jesus pela pastora, a Humanidade, aceite por própria iniciativa e de graça («se deixa maltratar») e não para reagir em jeito de emergência a um acidente ou para corrigir uma avaria humana acontecida nas origens. O resultado – como nas coplas – é um prodígio. Ninguém nota a soldadura da última estrofe na forja do poeta. Todos notam o amor melancólico, dramático e doce do Pastor divino, elevado e suspenso na árvore da cruz.
À medida que vamos compreendendo que a João da Cruz não importava a arte mas o mistério e Deus, o prodígio da sua obra parece mais denso. O poema pastoril, levemente retocado pela pena do carmelita, suscita um sentimento ascendente: faz voar a alma do humano para o divino.










